martes, 18 de mayo de 2010

Cristales en Los Andes argentinos. Perdidos en un mar de sal


A 4.000 metros sobre el nivel del mar, la meseta altiplánica de Los Andes argentinos es un ecosistema hostil. La vegetación es escasa y pocos animales pueden soportar el frío y la altitud. En medio de las montañas, un lago reluce; pero es un lago de sal: las Salinas Grandes.


Con más de 525km cuadrados, el valle permanece bajo agua por las lluvias del verano austral de diciembre a marzo. El resto del año, este “mar de sal” provee trabajo a varias decenas de personas de la localidad, que se ganan la vida extrayendo el mineral.


Herramientas tradicionales como hachas, palas y espadas son usadas para abrir piscinas rectangulares de 50cm de profundidad y extraer los cristales. Una piscina produce cerca de 2,5 toneladas de sal al año. Los hombres se agrupan en pequeñas cooperativas.


Con temperaturas de 40ºC y alturas de más de 3.000m, los vientos fuertes queman la piel y, si es inhalado, el polvo de sal erosiona los pulmones. Trabajadores como Gerardo y Martín (18 y 16, respectivamente) usan pasamontañas para minimizar los efectos.


Los trabajadores llegan al borde del lago al alba. Comienzan a las 7:30 y, a menudo, trabajan hasta las 18:00. Muchos de ellos vienen de Pueblo Colorado, un poblado tranquilo que queda a dos kilómetros de las minas de sal.


Una vez que la sal extraída ha sido secada por el sol, se apila en montículos y los trabajadores la empacan en sacos de 50kg. El precio de una tonelada de sal sin refinar es de US$18. Se necesita un día y medio para recolectar una tonelada.


La sal se vende en las provincias del sur de Argentina, donde un kilogramo se puede vender por US$1,50.


Regularmente, las ganancias de las minas no son suficientes para sustentar a las familias de los trabajadores. Muchos tienen que trabajar extra para llegar al fin de mes. Otros hacen pequeños recuerdos en sal para vendérselos a los turistas.


Pedro hace cerca de cinco llamas de sal al día. Se venden por alrededor de US$2,50. “La vida es muy difícil aquí, pero no tenemos otra alternativa”, dice. “En verano, el lugar está inundado y no podemos extraer la sal y casi ningún turista se molesta en venir”.


La mayoría de los trabajadores son indígenas quechua que ha trabajado ahí por generaciones y viven precariamente en las afueras de las minas de sal.


El potencial del paisaje de la sal como atracción turística apenas está empezando a explotarse en Salinas Grandes. Los planes de la oficina turística de la provincia de Jujuy para desarrollar el área no se han materializado. Esta figura de sal a lado de la carretera da la bienvenida a los pocos visitantes.


“No tenemos los medios para comprar maquinaria; por lo tanto, estamos en manos de compañías privadas que se llevan todas las ganancias”, dice Demetrio, mientras muestra su artesanía. “Nuestro sudor es lo único que nos queda”.


Martín, un joven trabajador, mira un puñado de sal y dice: “Me gustaría ir a la ciudad a estudiar. Tengo 17 ahora y no quiero ser como mi padre que nunca conoció nada más que este mar de sal”. Texto y Fotografías: Rafael Estefanía.

Fuente: BBC Mundo
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