viernes, 29 de octubre de 2010

Japón bajo el agua

Las aguas costeras varían de gélidas a templadas y tropicales. Pero la vida marina es extraordinaria en todas ellas.



En busca de plancton, un cardumen de peces murciélago teira patrulla cerca de la superficie frente a las islas Bonin, un archipiélago subtropical de Japón. El mar adquiere un color turquesa a última hora de la tarde, cuando los rayos rojos del sol poniente se dispersan y debilitan.
Foto: Brian Skerry


El ayudante del fotógrafo se agarra a un fragmento de la capa de hielo que en invierno cubre el mar que rodea la península de Shiretoko y puede alcanzar hasta 7,50 metros de grosor. Hace diez años el mar estaba congelado unos 90 días al año; en la actualidad el promedio es de 65 días.
Foto: Brian Skerry


Frente a la península de Izu, un gobio pigmeo amarillo se asoma a la ventana de su casa, una lata de refresco, testimonio de los 127 millones de personas que viven junto al mar.
Foto: Brian Skerry


Una morena se desliza entre las ramas de un coral blando en las cálidas aguas de la bahía de Suruga, situada a 115 kilómetros al sudoeste de Tokyo. Honda y estrecha, la bahía alcanza más de 2.400 metros de profundidad.
Foto: Brian Skerry


De no ser por sus ojos negros y redondos, este diminuto pez llamado gobio pasaría desapercibido en el tronco de un coral blando que habita en las aguas templadas de la península de Izu.
Foto: Brian Skerry


En un arrecife coralino de las islas Bonin, la madriguera abandonada de un gusano sirve de hogar para un cangrejo ermitaño. A diferencia de sus parientes móviles que recorren el arrecife en busca de comida, el ermitaño se mantiene en su guarida y atrapa plancton con sus antenas plumosas.
Foto: Brian Skerry


Esta criatura translúcida, apodada ángel de mar, es un caracol cuyo pie se ha transformado en un par de alas natatorias. De unos 2,5 centímetros de longitud, es un alimento importante para las ballenas y peces que viven en las gélidas aguas de la costa norte de Japón.
Foto: Brian Skerry


Bajo el hielo, las espinas de un centollo de Alaska del tamaño de una moneda se encuentran con las púas de una erizada estrella de mar, al pasar por encima de ésta. Dentro de doce años, el crustáceo será tan grande como una rueda de tractor.
Foto: Brian Skerry


En la bahía de Suruga, una ramificación de un tipo de coral llamado de látigo de mar proporciona un lugar donde vivir a dos camarones, camuflados entre los pólipos. En fila india, el macho, más pequeño, marcha por delante de la hembra.
Foto: Brian Skerry


Esta hembra de tiburón toro, fotografiada frente a las islas Bonin, pronto dará a luz. Durante los nueve meses de gestación, las dos crías de mayor tamaño se habrán comido a sus hermanos para sobrevivir, una modalidad de canibalismo intrauterino única de esta especie.
Foto: Brian Skerry


En las aguas someras de Hokkaido, un pez furtivo barbudo se arrastra por la reluciente arena volcánica del fondo, ayudándose con las aletas pectorales. Sólo las hembras de esta especie de agua fría presentan esta distintiva «nariz de Pinocho».
Foto: Brian Skerry


Un pez lagarto captura un bocado en el fondo arenoso de la bahía de Suruga, donde las aguas son templadas. La boca y la lengua de este pez están repletas de dientes pequeños y afilados, que impiden que sus presas se escapen.
Foto: Brian Skerry


Tunicados morados filtran los nutrientes del agua. Aún no tienen nombre científico y viven en una única cueva, detrás de una roca, en la isla Chichi-shima.
Foto: Brian Skerry


Un pez mariposa dedalma hace una pausa para que un lábrido limpiador bicolor le asee la piel. A los japoneses les fascina la semejanza entre los dibujos blancos y negros del pez mariposa y los motivos de un quimono de samurái.
Foto: Brian Skerry


Los penetrantes ojos de un pigargo gigante buscan el destello de los arenques entre los témpanos, cerca de la península de Shiretoko.
Foto: Brian Skerry


Lo que parece una maraña de cables enredados es en realidad un bosque de látigos de mar de aguas profundas en la bahía de Suruga. Cada rama está cuajada de pólipos que extienden los tentáculos diminutos en la corriente para atrapar el alimento a la deriva.
Foto: Brian Skerry


Una playa volcánica de la bahía de Toyama resplandece con un fulgor azul eléctrico. La luz procede de las hembras de calamar centelleante, que desovan en primavera, mueren y son arrastradas hasta la costa, con los tentáculos encendidos como si fueran millones de LEDs azules.
Foto: Brian Skerry

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